La vida y la obra de Horacio Fernández Inguanzo, forjada y templada en las duras condiciones en que se desarrolló la lucha de la clase obrera y del pueblo español en los últimos 50 años, es un ejemplo magnífico de compromiso, honestidad y coherencia en la defensa de las propias ideas y de los derechos y las libertades democráticos. Una semblanza o biografía suya es también una lección viva para los comunistas y para todos aquellos que creemos en la libertad, la justicia social y la solidaridad.

Nací en 1911 en Pesa de Pría, un pueblo de Llanes. Mi madre era de familia campesina y mi padre maestro.

La infancia fue para mi un período feliz; en el campo me aficioné a las tareas agrícolas y al cuidado del ganado, pero vi frustradas mis aspiraciones de campesino cuando trasladaron a mi padre a otro pueblo. Entonces, con doce hermanos, la familia pasó por una situación muy difícil, aliviada apenas con la compra de una vaca -que yo cuidaba- y el alquiler unas pequeñas fincas.

Pude ir a la escuela, con mi padre, hasta los 14 años y allí recibí una educación de carácter liberal.

Así transcurre mi niñez: entre la escuela, ir a por leña al monte y el trabajo en el campo. Mi gran sueño era estudiar Veterinaria, pero tendría que trasladarme a León y carecía de recursos.

A los quince años comencé a trabajar en la cantina de la estación del Ferrocarril Vasco Asturiano de Oviedo. El trabajo era duro, de 7 de la mañana a 9 de la noche, el sueldo pequeño y me quitaban las propinas. Dos años más tarde pude dejar la cantina para trabajar como botones en el Hotel Covadonga, también en Oviedo. Ganaba algún dinero con el que ayudar a la familia y empecé a ahorrar para ir a estudiar a León, pero pronto comprendí que nunca lograría reunir lo suficiente y tuve que desistir. Estando todavía como botones empecé a preparar el acceso a Magisterio. Aprobé el examen e inicié, como libre, los estudios, algo que no gustó a mi patrona porque estaba mal visto que un chico de clase humilde pretendiese estudiar una carrera.

Informe realizado por la Jefatura Superior de Policia , 1969. Ver AmpliaciónCarta dirigida al Secretario del Archivo Historico  (Sección Guerra Civil) de Salamanca.Citación Judicial, Dirección General de Seguridad, 1969. Ver AmplicaciónSanción Disciplinaria durante su encarcelamiento, 1970

Si desea ver ampliado alguno de los escritos pinche sobre ellos.

En los años siguientes obtuve un trabajo en el Orfanato Minero Asturiano como auxiliar de oficina y ordenanza y, aún antes de terminar mis estudios, comencé a dar clases a los huérfanos de los mineros

.Estaba mal visto que un chico de clase humilde como yo pretendiese estudiar la carrera de Magisterio

La Guerra Civil me sorprendió en Pola de Gordón como director de la Colonia Escolar de Verano del Orfanato. Mis vivencias en la Colonia, con los niños, fueron muy enriquecedoras y, además, por aquella época comenzó mi afición a caminar, algo que me sería de gran utilidad en los años siguientes.

Al estallar la Guerra, traje a los niños a Asturias y me incorporé al frente en el primer camión. Escaseaban los fusiles y la disciplina militar se iba forjando sobre la marcha. Fue por entonces cuando leí en un manifiesto comunista una defensa de la militarización y profesionalización del Ejército; no estaba de acuerdo, pero entendí que era el único modo de ganar la guerra. Y decidí afiliarme al Partido.
Aunque odiaba profundamente la guerra, luché con el mayor entusiasmo para ganarla: por intuición sabía que la derrota sería nefasta para la clase obrera. Combatí en carros de asalto y terminé el curso de la Academia de Artillería, con la graduación de Teniente. Acabaría la guerra como Jefe de Artillería de la Agrupación de los Puertos.

Fui consciente de la derrota en Asturias el 21 de octubre de 1937 por la fuga de un comandante y la llegada de mi hermano; con él huí al monte para pasar a Francia, pero diez días más tarde fui detenido en Tresviso y enviado, primero, a un campo de concentración en La Magdalena y desde allí al Colegio de los Escolapios en Madrid, donde otros 7.000 presos esperaban destino. Gracias a un error en mi apellido conseguí prolongar mi estancia de incógnito un mes más, hecho decisivo que evitó el cumplimiento de la pena de muerte que me había sido impuesta, al cambiar el criterio sobre las ejecuciones pendientes. Siempre he estado en contra de la pena de muerte aún en tiempo de guerra: en esas circunstancias no existe objetividad ni garantías en los juicios.

La propia muerte llega a ser asumida, pero hay gran tensión cuando llaman a quienes van a ser fusilados

En la cárcel de El Coto de Gijón compartí una celda pequeña con quince compañeros. El ambiente era familiar y todo lo teníamos en común. En aquel momento había 800 condenados a muerte y las ejecuciones se producían dos o tres días al mes. La propia muerte llega a ser asumida pero, de todas formas, son duros y de gran tensión los momentos en los que llaman a quienes van a ser fusilados.
Una mañana nos mandaron prepararnos a todos. Hay serenidad, los hombres se visten y escriben a sus familias, nadie llora ni muestra desesperación. Cuando ya esperábamos lo peor nos conmutan la pena de muerte por la de cadena perpetua.

Trabajé como prisionero de guerra en la construcción de carreteras y de la estación de ferrocarril en Santander hasta que por fin salí de la cárcel en 1943. Volví a Gijón y empecé a trabajar para el Partido en la Unidad Nacional contra la presencia extranjera. Son tiempos de hambre, en los que intento salir adelante dando clases particulares por las casas.

Por aquellos días redactamos una octavilla para boicotear la visita de Girón al Musel. Una tarde, al llegar de Oviedo, una amiga me esperaba en la estación para avisarme de que la policía me buscaba en casa. Dudo si presentarme, pero al final decido huir a pie camino de Villaviciosa, donde obtuve refugio en casa de unas amigas. Fui detenido de todos modos en 1945, pero con consecuencias bien distintas: de haber sido detenido dos años antes habría sido condenado como mis compañeros a pena de muerte o a veinte años. Ahora, sin embargo, el Régimen está bajo la presión europea y las penas son más bajas, aunque, por haber denunciado malos tratos, me condenan a 14 años y vuelvo a prisión hasta 1954.

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Pasé luego cuatro años en libertad, alternando mis clases particulares con un trabajo de agente comercial que me permite viajar por toda la región y realizar actividades clandestinas. Con motivo de la Huelga de 1958 vuelvo a pasar a la clandestinidad total y huyo a Francia utilizando documentación falsa. En esta etapa de exilio, cuando más patente se hacía la falta de libertad y el aislamiento internacional en nuestro país, viajé a la URSS, Alemania, Yugoslavia, Francia... En Francia conocí a la que luego sería mi mujer, que también estaba exiliada y compartía los mismos ideales.

En diversas ocasiones entré clandestinamente en España, hasta que en 1969 me detienen en Mieres. Sólo llevaba encima unas cien pesetas y unos chorizos, cuando esperaban cogerme con documentos importantes o dinero del Partido Comunista.
Fui procesado en dos Causas por actividad clandestina en Asturias por las que se pedían un total de 39 años de condena. Permanecí en arresto domiciliario durante dos años y medio hasta que Franco muere y Suárez decreta la amnistía.

Durante la clandestinidad fui miembro del Comité Ejecutivo del Comité Central del PCE y Secretario General del PCA. A partir de la Transición ocupé cargos como Consejero de Sanidad de la Preautonomía y Diputado en las Cortes en dos legislaturas. En los últimos años no he tenido ninguna responsabilidad política, pero he seguido dedicando mi tiempo, como siempre, a las actividades del Partido en Asturias

Nota: Horacio Fernández Inguanzo no dejó, desafortunadamente, ningún documento autobiográfico de cierta extensión.
Esta breve semblanza en primera persona es una reconstrucción literaria realizada a pertir de hechos históricos conocidos y de algunos de los testimonios personales aportados por el propio Horacio a largo de su vida.

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