Eran
tiempos difíciles. Muchos jóvenes que crecimos bajo el peso
de la dictadura tuvimos que En esa época, las conversaciones sobre nuestro país se referían a lugares como Madrid, Puertollano y sobre todo Asturias y de las huelgas, que en nuestra región se venían sucediendo desde el año 58. Cuando la media docena de emigrantes que inicialmente formábamos parte en Basilea del Partido Comunista de España escuchábamos o recibíamos noticias de Asturias, había siempre un nombre que venía a nuestras bocas: "Alfredo". Aquel nombre se hizo familiar entre nosotros; se decía también que otro dirigente comunista aparecía y desaparecía dirigiendo las luchas de los mineros asturianos; le conocíamos como "El Paisano".
Esta persona conocía perfectamente a mis padres, conocía
perfectamente Oviedo y, para mí sorpresa, conocía perfectamente
mi barrio de Villamejil y el Orfanato Minero. Aunque solamente estuvimos
juntos media hora, al despedirnos los dos éramos conscientes de
que entre nosotros había nacido una amistad que ya no se perdería
nunca. El conocía mi nombre pero yo no me atreví a preguntarle
cuál era el suyo. Pasaron
casi dos años. En mayo de 1966 me plantearon si estaría
dispuesto a regresar a Oviedo; había que organizar en lo posible
acciones contra el referéndum que Franco iba a celebrar en noviembre.
A últimos de octubre de 1966 llegaba yo a Oviedo. A los pocos días
de mi llegada, sobre las diez de la noche, llamaron a la puerta de mi
casa "¡Paisano!", exclamé. Lo encontré físicamente
mal, tuve que insistirle mucho para que al fin se quedara a dormir en
mi casa; tanto mi mujer como yo nos dimos cuenta de que hacía mucho
tiempo que no dormía en una cama. A las seis de la mañana
se fue, citándome para un encuentro a las ocho de la tarde el día
10, en la carretera de Villafría. El día
9 de noviembre, por la noche, repartimos un llamamiento dirigido a los
comerciantes y trabajadores de Oviedo, pidiéndoles que no fuesen
a votar en el referendum previsto para el 14 de noviembre. De los seis
que participábamos en el reparto de las octavillas aquella noche
del día nueve, cuatro fueron detenidos por la policía; no
pude dormir en toda la noche pensando en los detenidos y sobre todo en
mi cita con Alfredo. Tomando toda clase de precauciones acudí a
esa cita. Cuando le conté lo sucedido, sin dudarlo lo más
mínimo, me dijo que tenía que marcharme de Asturias inmediatamente.
Yo le di numerosos argumentos sobre los detenidos pero no le convencía;
su experiencia de la lucha clandestina tenía mucho más peso
que mis argumentos. Cuando nos despedimos me dió un fuerte abrazo
que quería decirme muchas cosas, pero cuando me dí cuenta
del alcance de aquel abrazo y de sus consejos era demasiado tarde. A las
pocas horas de aquel encuentro fui detenido por la policía. Durante
cuatro días con sus noches me sometieron a un singular interrogatorio.
Cuando me llevaron a la cárcel no les había dicho ni una
palabra, una fuerza invisible me protegía: la imagen de aquel hombre
tan especial, sus palabras y sobre todo aquel abrazo me salvaron de muchos
años de cárcel. Después de cuarenta días pude
salir en libertad provisional. Pasaron algunos días durante los
que tuve la convicción de que mi gran amigo y camarada no iba a
ponerse en contacto conmigo, por razones de seguridad, así que
tendría que arreglármelas sólo. La noche de reyes
de 1967, es decir pocos días después de mi puesta en libertad,
una noche muy oscura y lluviosa, me dirigía yo hacia mi casa por
la vieja carretera del Orfanato Minero. Medio escondido entre un matorral
estaba El Paisano; sólo estuvimos juntos unos diez minutos, el
tiempo justo para que me diera algunos direcciones y nombres de camaradas
con los que compartí durante casi un año la dirección
de Asturias, Lito Casucu, Lito Ferrera, Juanín Múñiz
Zapico y también la dirección de Anita, a la cual ya conocía
pues habíamos estado juntos en la escuela del PCE en Alemania. "Una fuerza invisible me protegía: su imagen, sus palabras y aquel abrazo me salvaron de muchos años de cárcel" En septiembre
de 1967 pude salir de España y asistir a la fiesta del Partido
Comunista Francés. Tanto mi mujer como yo queríamos pasar
una jornada junto a los camaradas de Suiza, que seguro estarían
en la fiesta. Desde luego, el día fue inolvidable pues, además,
una de las personas con quien nos encontramos entre tanta gente fue El
Paisano. No nos separamos en todo el día. "Os voy a presentar
a mi mujer", nos dice. Nos acercamos al stand de L'Humanité
donde se encontraba trabajando Tere. Dejó su trabajo y les explicó
a los camaradas franceses que éramos de Asturias y que Alfredo
y ella querían estar con nosotros durante la jornada. Casi siempre
que Alfredo decía algo era para referirse a Asturias y en aquel
encuentro, entre otras cosas, acordamos preparar una reunión con
los trabajadores de la Mersa de Lugones, para lo cual me facilitó
los nombres de Geromo, Pepe y Felipe. Nunca
en la clandestinidad me sobrepasé en preguntas que seguramente
no podrían ser respondidas. Aunque sentía la necesidad de
preguntarle algunas cosas, no sabía cómo hacerlo. Pero al
fin lo solté. María Teresa y Mina se fueron al stand de
Francia para encargar la comida, así que consideré el momento
oportuno para preguntarle al Paisano qué le había ocurrido
en las fechas anteriores al primer día que durmío en mi
casa. Me miró fijamente y comenzó a hablar... Felipe
el de la Mersa vivía y vive en la Pedrera, en Villaperi. La suegra
de Felipe había facilitado en ocasiones un lugar para que Alfredo
pudiese dormir, sobre todo en momentos difíciles o muy difíciles.
Alfredo, tuvo siempre una "enfermedad" incurable: él
tenía que pasear o caminar. Por eso la suegra de Felipe colocó
en el cuarto donde dormía el Paisano pieles de conejo para que
no se sintiesen sus pasos. Eran los primeros días de octubre y
El Paisano esperaba mi llegada a Oviedo, por eso decidió permanecer
por los alrededores. Procedente de Gijón llegó a casa de
Felipe sobre las doce de la noche, tiró una pequeña piedra
a la ventana y la buena señora le abrió la puerta. Como
siempre, a las seis de la mañana salió de casa, intentó
cruzar la carretera y en ese momento fue atropellado por la furgoneta
del panadero que se dirigía a la Corredoria. El panadero
recogió al Paisano, que había quedado un tanto aturdido,
pero cuando reaccionó le preguntó que a donde le llevaba
y al contestarle el panadero que al hospital, El Paisano intentó
convencerlo de que no quería ni podía ir al hospital. Como
no pudo convencerlo ni tampoco podía darle otras razones, abrió
la puerta y se tiró en marcha. Por prados y caminos se dirigió
hasta Cerdeño y en una cueva de los areneros pasó muchas
horas. Esta cueva, en la que había colocado algunos cartones era
uno de los sitios en los que Alfredo pasaba las noches cuando venía
a Oviedo. En octubre de 1967 preparé una reunión en Balbona con los mencionados trabajadores de la Mersa. En esa reunión estuvo El Paisano como una media hora. Nos dijo que tenía que hacer algunas cosas urgentes y se fue. Cuando terminamos la reunión, yo me monté en mi furgoneta y me fuí por la carretera de Viella en dirección a Colloto. Cerca de esta localidad le vi caminando en dirección a Oviedo, posiblemente a "su casa", al refugio de los areneros de Cerdeño. A partir de ese día tardaríamos varios años en volver a vernos de nuevo.
En 1969 me encontraba yo cumpliendo condena en la prisión de Soria. Un camarada de Madrid recibió la visita de su esposa, informándole de que en Asturias habían detenido cerca de Mieres a un miembro del Comité Ejecutivo del PCE llamado El Paisano. Una gran tristeza se apoderó del colectivo de presos políticos. Pasados varios días recibimos una nota de Asturias en la que se nos informaba de la detención del Paisano. Claudio Ramos Tejedor hacía años que había puesto en marcha todo un ejército de hombres y medios para detener al Paisano. En la nota venían las declaraciones que el Paisano había hecho en el momento de ser detenido: "Me llamo Horacio Fernández Inguanzo, soy miembro del comité ejecutivo del Partido Comunista de España, eso es todo". Demasiado sabía Ramos que aquel hombre no diría una palabra más. "Alfredo, Horacio... lo importante para todo el pueblo era que aquel hombre tan sencillo era eso: un paisano" Demasiado
sabía yo que aquel dirigente comunista, aquel gran amigo, se llamaba
Horacio Fernández Inguanzo pero jamás lo mencioné.
Por otra parte, el apodo por el que se le conocía, "El Paisano"
no surgió al azar, ni siquiera fue escogido; el nombre era lo menos
importante. Alfredo, Horacio... lo importante para todo el pueblo era
que aquel hombre tan sencillo, tan humano, era eso, un paisano. Años
más tarde, después de pasar la mitad de su vida en las cárceles
franquistas, visitamos a algunas de las familias que habían dado
cobijo al Paisano. La suegra de Felipe, postrada en una silla, al verlo
entrar por la puerta abrió los brazos y soltó un grito "¡Paisano!".
En Villaviciosa, en Gijón, en Mieres, en Langreo, en toda Asturias. Desde
estas líneas, permitidme rendir, en nombre de la dirección
del PC de Asturias, un merecido homenaje a todas aquellas personas que
han prestado su apoyo incondicional a la lucha por la democracia, dando
cobijo a dirigentes como El Paisano, Angel León, Mario Huerta,
así como a otros hombres y mujeres que dedicaron toda su vida a
la lucha por la libertad en nuestro país. |