Eran tiempos difíciles. Muchos jóvenes que crecimos bajo el peso de la dictadura tuvimos que
dejar España en busca de un salario más digno. Yo me dirigí hacia Suiza; no era la
Confederación Helvetica uno de los países que se había caracterizado por acoger a aquellos de
nuestros compatriotas que se habían visto forzados a abandonar su país como consecuencia
del triunfo franquista en la guerra civil, pero al menos tres madrileños, tres comunistas, vivían
desde hacía 20 años, casi clandestinamente, en Basilea y Zürich.
De la mano de estos formidables comunistas ingresé yo, en el mes de abril de 1960, en el PCE.

Alfredo y El Paisano me obsesionaban. Soñaba con conocerlos, pero ellos estaban en Asturias y yo en Suiza

En esa época, las conversaciones sobre nuestro país se referían a lugares como Madrid, Puertollano y sobre todo Asturias y de las huelgas, que en nuestra región se venían sucediendo desde el año 58. Cuando la media docena de emigrantes que inicialmente formábamos parte en Basilea del Partido Comunista de España escuchábamos o recibíamos noticias de Asturias, había siempre un nombre que venía a nuestras bocas: "Alfredo". Aquel nombre se hizo familiar entre nosotros; se decía también que otro dirigente comunista aparecía y desaparecía dirigiendo las luchas de los mineros asturianos; le conocíamos como "El Paisano".

Las condiciones de clandestinidad en que había que desenvolverse en el interior de nuestro país nos aconsejaban prudencia a la hora de hacer preguntas relacionadas con nombres propios pero para nosotros, mejor dicho para mí, esos dos dirigentes traían en jaque a la policía franquista, dirigida en Asturias por el comisario Ramos, con toda seguridad el personaje más tristemente famoso por su crueldad con los trabajadores asturianos. (Quien iba a decirme a mí que este personaje, a cuya esposa el destino había convertido en la madrina de mi boda, sería quien posteriormente me metería en la cárcel).

Alfredo y El Paisano me obsesionaban, sentía una gran ilusión por conocerlos, pero ellos estaban en Asturias y yo en Suiza. Mi formación política era escasa pero a medida que iba aprendiendo mi deseo de volver a Asturias terminó convirtiéndose en objetivo prioritario.

A principios de 1963 pedí a la dirección del PCE que mandase a la escuela de formación política de la Alemania Democrática. Fui llamado a París a primeros de mayo para salir desde la capital francesa hacia Dresden vía Berlín. En los locales del sindicato francés CGT me esperaba un dirigente de la dirección del Partido para hacerme unas preguntas antes de salir hacia Berlín.

Horacio y Teresa, su esposa, en su casa de Gijón

Esta persona conocía perfectamente a mis padres, conocía perfectamente Oviedo y, para mí sorpresa, conocía perfectamente mi barrio de Villamejil y el Orfanato Minero. Aunque solamente estuvimos juntos media hora, al despedirnos los dos éramos conscientes de que entre nosotros había nacido una amistad que ya no se perdería nunca. El conocía mi nombre pero yo no me atreví a preguntarle cuál era el suyo.
Subí al tren tremendamente alegre pero también nervioso. Un sexto sentido parecía decirme que en aquel hombre fuerte y campechano se sumaban las dos personalidades que tanta ilusión tenía por conocer algún día. Aquel hombre no era solamente Alfredo: era también El Paisano.

Pasaron casi dos años. En mayo de 1966 me plantearon si estaría dispuesto a regresar a Oviedo; había que organizar en lo posible acciones contra el referéndum que Franco iba a celebrar en noviembre. A últimos de octubre de 1966 llegaba yo a Oviedo. A los pocos días de mi llegada, sobre las diez de la noche, llamaron a la puerta de mi casa "¡Paisano!", exclamé. Lo encontré físicamente mal, tuve que insistirle mucho para que al fin se quedara a dormir en mi casa; tanto mi mujer como yo nos dimos cuenta de que hacía mucho tiempo que no dormía en una cama. A las seis de la mañana se fue, citándome para un encuentro a las ocho de la tarde el día 10, en la carretera de Villafría.

El día 9 de noviembre, por la noche, repartimos un llamamiento dirigido a los comerciantes y trabajadores de Oviedo, pidiéndoles que no fuesen a votar en el referendum previsto para el 14 de noviembre. De los seis que participábamos en el reparto de las octavillas aquella noche del día nueve, cuatro fueron detenidos por la policía; no pude dormir en toda la noche pensando en los detenidos y sobre todo en mi cita con Alfredo. Tomando toda clase de precauciones acudí a esa cita. Cuando le conté lo sucedido, sin dudarlo lo más mínimo, me dijo que tenía que marcharme de Asturias inmediatamente. Yo le di numerosos argumentos sobre los detenidos pero no le convencía; su experiencia de la lucha clandestina tenía mucho más peso que mis argumentos. Cuando nos despedimos me dió un fuerte abrazo que quería decirme muchas cosas, pero cuando me dí cuenta del alcance de aquel abrazo y de sus consejos era demasiado tarde.

A las pocas horas de aquel encuentro fui detenido por la policía. Durante cuatro días con sus noches me sometieron a un singular interrogatorio. Cuando me llevaron a la cárcel no les había dicho ni una palabra, una fuerza invisible me protegía: la imagen de aquel hombre tan especial, sus palabras y sobre todo aquel abrazo me salvaron de muchos años de cárcel. Después de cuarenta días pude salir en libertad provisional. Pasaron algunos días durante los que tuve la convicción de que mi gran amigo y camarada no iba a ponerse en contacto conmigo, por razones de seguridad, así que tendría que arreglármelas sólo. La noche de reyes de 1967, es decir pocos días después de mi puesta en libertad, una noche muy oscura y lluviosa, me dirigía yo hacia mi casa por la vieja carretera del Orfanato Minero. Medio escondido entre un matorral estaba El Paisano; sólo estuvimos juntos unos diez minutos, el tiempo justo para que me diera algunos direcciones y nombres de camaradas con los que compartí durante casi un año la dirección de Asturias, Lito Casucu, Lito Ferrera, Juanín Múñiz Zapico y también la dirección de Anita, a la cual ya conocía pues habíamos estado juntos en la escuela del PCE en Alemania.

"Una fuerza invisible me protegía: su imagen, sus palabras y aquel abrazo me salvaron de muchos años de cárcel"

En septiembre de 1967 pude salir de España y asistir a la fiesta del Partido Comunista Francés. Tanto mi mujer como yo queríamos pasar una jornada junto a los camaradas de Suiza, que seguro estarían en la fiesta. Desde luego, el día fue inolvidable pues, además, una de las personas con quien nos encontramos entre tanta gente fue El Paisano. No nos separamos en todo el día. "Os voy a presentar a mi mujer", nos dice. Nos acercamos al stand de L'Humanité donde se encontraba trabajando Tere. Dejó su trabajo y les explicó a los camaradas franceses que éramos de Asturias y que Alfredo y ella querían estar con nosotros durante la jornada. Casi siempre que Alfredo decía algo era para referirse a Asturias y en aquel encuentro, entre otras cosas, acordamos preparar una reunión con los trabajadores de la Mersa de Lugones, para lo cual me facilitó los nombres de Geromo, Pepe y Felipe.

Nunca en la clandestinidad me sobrepasé en preguntas que seguramente no podrían ser respondidas. Aunque sentía la necesidad de preguntarle algunas cosas, no sabía cómo hacerlo. Pero al fin lo solté. María Teresa y Mina se fueron al stand de Francia para encargar la comida, así que consideré el momento oportuno para preguntarle al Paisano qué le había ocurrido en las fechas anteriores al primer día que durmío en mi casa. Me miró fijamente y comenzó a hablar...

Felipe el de la Mersa vivía y vive en la Pedrera, en Villaperi. La suegra de Felipe había facilitado en ocasiones un lugar para que Alfredo pudiese dormir, sobre todo en momentos difíciles o muy difíciles. Alfredo, tuvo siempre una "enfermedad" incurable: él tenía que pasear o caminar. Por eso la suegra de Felipe colocó en el cuarto donde dormía el Paisano pieles de conejo para que no se sintiesen sus pasos. Eran los primeros días de octubre y El Paisano esperaba mi llegada a Oviedo, por eso decidió permanecer por los alrededores. Procedente de Gijón llegó a casa de Felipe sobre las doce de la noche, tiró una pequeña piedra a la ventana y la buena señora le abrió la puerta. Como siempre, a las seis de la mañana salió de casa, intentó cruzar la carretera y en ese momento fue atropellado por la furgoneta del panadero que se dirigía a la Corredoria.

El panadero recogió al Paisano, que había quedado un tanto aturdido, pero cuando reaccionó le preguntó que a donde le llevaba y al contestarle el panadero que al hospital, El Paisano intentó convencerlo de que no quería ni podía ir al hospital. Como no pudo convencerlo ni tampoco podía darle otras razones, abrió la puerta y se tiró en marcha. Por prados y caminos se dirigió hasta Cerdeño y en una cueva de los areneros pasó muchas horas. Esta cueva, en la que había colocado algunos cartones era uno de los sitios en los que Alfredo pasaba las noches cuando venía a Oviedo.
Años más tarde visitamos aquel lugar, así como la capilla de Abuli en la que se refugiaba en las noches de mucha lluvia.

En octubre de 1967 preparé una reunión en Balbona con los mencionados trabajadores de la Mersa. En esa reunión estuvo El Paisano como una media hora. Nos dijo que tenía que hacer algunas cosas urgentes y se fue. Cuando terminamos la reunión, yo me monté en mi furgoneta y me fuí por la carretera de Viella en dirección a Colloto. Cerca de esta localidad le vi caminando en dirección a Oviedo, posiblemente a "su casa", al refugio de los areneros de Cerdeño. A partir de ese día tardaríamos varios años en volver a vernos de nuevo.

Comunistas de varias generaciones dieron el último adiós a Horacio en el Antiguo Instituto Jovellanos.

En 1969 me encontraba yo cumpliendo condena en la prisión de Soria. Un camarada de Madrid recibió la visita de su esposa, informándole de que en Asturias habían detenido cerca de Mieres a un miembro del Comité Ejecutivo del PCE llamado El Paisano. Una gran tristeza se apoderó del colectivo de presos políticos. Pasados varios días recibimos una nota de Asturias en la que se nos informaba de la detención del Paisano. Claudio Ramos Tejedor hacía años que había puesto en marcha todo un ejército de hombres y medios para detener al Paisano. En la nota venían las declaraciones que el Paisano había hecho en el momento de ser detenido: "Me llamo Horacio Fernández Inguanzo, soy miembro del comité ejecutivo del Partido Comunista de España, eso es todo". Demasiado sabía Ramos que aquel hombre no diría una palabra más.

"Alfredo, Horacio... lo importante para todo el pueblo era que aquel hombre tan sencillo era eso: un paisano"

Demasiado sabía yo que aquel dirigente comunista, aquel gran amigo, se llamaba Horacio Fernández Inguanzo pero jamás lo mencioné. Por otra parte, el apodo por el que se le conocía, "El Paisano" no surgió al azar, ni siquiera fue escogido; el nombre era lo menos importante. Alfredo, Horacio... lo importante para todo el pueblo era que aquel hombre tan sencillo, tan humano, era eso, un paisano.
A finales de 1970, unos meses después de salir yo en libertad, me presenté en la prisión de Carabanchel y dado que nuestro primer apellido coincidía, solicité una comunicación con mi tío Horacio. La sorpresa fue para los dos, pues ni yo esperaba que me concedieran la entrevista, ni él sabía nada de mi visita.

Años más tarde, después de pasar la mitad de su vida en las cárceles franquistas, visitamos a algunas de las familias que habían dado cobijo al Paisano. La suegra de Felipe, postrada en una silla, al verlo entrar por la puerta abrió los brazos y soltó un grito "¡Paisano!". En Villaviciosa, en Gijón, en Mieres, en Langreo, en toda Asturias.

Desde estas líneas, permitidme rendir, en nombre de la dirección del PC de Asturias, un merecido homenaje a todas aquellas personas que han prestado su apoyo incondicional a la lucha por la democracia, dando cobijo a dirigentes como El Paisano, Angel León, Mario Huerta, así como a otros hombres y mujeres que dedicaron toda su vida a la lucha por la libertad en nuestro país.
Con el recuerdo de este amigo que siempre ha intentado seguir tu camino, pero que jamás ha podido seguir tus pasos

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