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HORACIO FERNÁNDEZ INGUANZO (8-4-1911-1996)

Texto leído por Benigno Delmiro Coto con motivo de la inauguración de una calle dedicada a Horacio en Langreo
el 24-6-1999 en La Felguera.

Cuando se habla de Horacio con quienes lo conocieron, incluidos sus oponentes políticos, destacan todos de él una cualidad: la de ser en lo esencial una buena persona. Horacio podría tomar para sí mismo aquellos versos con los que se retrataba el poeta Antonio Machado:

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, / pero mi verso brota de manantial sereno; / y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, / soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Horacio puso en práctica ese aforismo que afirma que ser buena persona es la forma más inteligente de ser inteligente. Pero ser en el buen sentido de la palabra "bueno" era para Horacio, también, la forma ideal de ser comunista, al lado de una sólida formación política marxista y, sobre todo, era una cualidad exigible a todo dirigente del Partido Comunista. Además, y tal como ocurre con las personas ejemplares, su bondad era contagiosa.

Y lo mismo se puede decir de otro de los rasgos decisivos de su carácter: la modestia. Modestia que le llevó a rechazar la Presidencia del Partido Comunista de Asturias, cuando celebró su Primer Congreso en 1980. Modestia que incluso le hizo desdeñar la redacción de cualquier esbozo de autobiografía. Y todo porque pretendió siempre ahuyentar de su persona cualquier atisbo del nefasto culto a la personalidad que tanto daño ha hecho siempre a las formaciones políticas de la izquierda.

Pero si queremos saber algo sobre su biografía diremos que Horacio Fernández Inguanzo es hijo de un maestro de enseñanza primaria, de ideología socialista, que llegó a organizar al Partido Socialista en la época en que estuvo destinado en Villanueva de Trevías, en la zona occidental de Asturias. Con destino en La Pesa de Pría, en el concejo de Llanes, se casó con Isabel Inguanzo Díaz. Tuvieron trece hijos y el primogénito será Horacio.
Los primeros catorce años de su vida están marcados por el contacto directo con las faenas agrícolas y el cuidado del ganado, en el seno de una familia que, por ser tan numerosa, siempre se desenvolverá en medio de una situación económica muy apurada.

Más tarde, cuando cumple quince años, se traslada a Oviedo, donde conocerá lo que es el trabajo asalariado por cuenta ajena. Brega de sol a sol en la cantina de la estación del Ferrocarril Vasco Asturiano, un trabajo que le ocupa de 7 de la mañana hasta las 9 de la noche, con un sueldo minúsculo.

A los diecisiete años, cambiará este empleo por el puesto de botones en el Hotel Covadonga de Oviedo, en donde lo acompañará su hermano César. Estudian Magisterio a la vez que trabajan. Horacio siempre tendrá la ilusión puesta en conseguir unos ahorros que le permitan trasladarse a León para estudiar Veterinaria. Una vocación que le viene de muy atrás y que lo acompañará constantemente.

Años más tarde, sería decisiva para él la construcción, en 1931, del flamante Orfanato Minero Asturiano, dirigido por Ernesto Winter Blanco, donde se encarga de la organización de las primeras colonias escolares en Salinas y Pola de Gordón, dando así cauce a la otra vocación heredada de su padre: la de maestro de niños, innovador y comprometido con los hijos de los mineros.

En estos primeros veinte años de su existencia, de 1911 a 1931, ha sido testigo del ascenso incontenible de las organizaciones obreras, mayormente desde la "Semana trágica" de Barcelona y la huelga general de 1917. Y se suma, ya como actor, a la ola de entusiasmo y esperanzas que suscitaba la Segunda República entre quienes veían posible, por entonces, sacar a la nación del atraso económico, social y cultural y poner a punto una democracia que permitiese abordar, entre otros, tres grandes problemas: la escasez de industrias, la propiedad de la tierra y la organización territorial del Estado.

Cuando llega el año de 1934, Horacio está en Oviedo, ya ha terminado la carrera de Magisterio, y vive en un piso situado en La Tenderina Baja, cerca del Palais, con su madre y los hermanos y hermanas que estaban estudiando. A la sazón, sigue trabajando en el Orfanato Minero y completa los estudios de Magisterio. Estalla la Revolución de Octubre y en el entorno de las casas de La Tenderina Baja se producen combates durísimos entre el ejército y los mineros. Horacio los instruye en el manejo de los fusiles.

El segundo periodo de su andadura vital lo constituyen los años que abarcan desde el comienzo de la Guerra Civil, hasta el año 1976. Cuarenta años de existencia, marcados por los acontecimientos bélicos, la represión, la tortura, las cárceles, la clandestinidad y los intentos, de continuo renovados, en pos de la reorganización constante de las fuerzas democráticas en medio del régimen dictatorial.

Cuando estalla la Guerra Civil, el 18 de julio de 1936, Horacio se encuentra en Pola de Gordón como director de la Colonia Escolar que el Orfanato Minero establecía allí durante los veranos. Vuelve a Asturias y se pone sin dudar ni un solo instante del lado de la República y los trabajadores.

Aunque de siempre fue antibelicista, es consciente del desastre que supondría la derrota de los trabajadores. Ingresa en el Partido Comunista en agosto de 1936, que por entonces proponía aunar todas las fuerzas con que contaba la República, con el único y prioritario objetivo de ganar la guerra. Hizo un curso de capacitación militar en la Academia de Artillería de Deva, fue promovido a Teniente y mandó una Batería en los frentes de Santander y Asturias. Cuando acaba la guerra es jefe de artillería de la Agrupación de los Puertos.

En octubre de 1937, se encuentra en los montes aledaños a Oviedo, por San Esteban de las Cruces, donde prosiguen los combates. Van en su busca su hermano César, un maestro apellidado Jarero y Félix Llanos, para comunicarle que tienen que huir de Asturias. Se escapan por los montes cantábricos, pero son delatados y detenidos el 30 de octubre de 1937, en los montes de Tresviso, ya en Cantabria. Los mandan a La Magdalena a un campo de concentración. Desde allí al Colegio de los Escolapios de Bilbao, donde esperaban destino otros 7.000 presos políticos. César entra en la cárcel muy malherido y se ponen los dos hermanos de acuerdo en responsabilizarse uno solo de ellos con los cargos que les imputasen a ambos. Juzgados en Consejo de Guerra, en la Villa de Gijón, en la primavera de 1938, condenan a muerte a Horacio y a quince años y un día a César. Pasa a la cárcel del Cerillero en Gijón y posteriormente a la Prisión Central del Coto de Gijón. Había allí 800 condenados a muerte y las ejecuciones se producían dos o tres días al mes. Una mañana le mandan prepararse y, cuando ya se teme lo peor, le conmutan la pena de muerte por la de treinta años y un día, y posteriormente por la de doce años. Horacio había pasado un año completo, menos ocho días, esperando que lo fusilasen cada madrugada. Como prisionero de guerra trabajó en la construcción del ferrocarril de Santander y en la Calzada de Villipaquio en la capital de Cantabria.

Transcurren seis años y es puesto en libertad condicional el 20 de septiembre de 1943. Lo destierran en Villanueva de Trevías, donde se tenía que presentar en el cuartel de la Guardia civil periódicamente. Se pone a trabajar al servicio del Partido y en 1943 asume la Secretaría General del Comité Provincial.

En este tiempo de que va del 1943 al 1945, en el terreno sindical intentan reconstruir sin éxito las centrales sindicales de preguerra hasta que crean la llamada Central Sindical Única (CSU). Editan Reconquista de España, órgano de la Junta Regional de Unión Nacional, siempre a la búsqueda de una imagen unitaria.

En busca y captura desde el 5 de octubre de 1944, es detenido el 14 de octubre de 1945 y puesto a disposición del Juzgado Militar Especial de Espionaje y otras actividades. Le hacen un Consejo de Guerra, celebrado en Oviedo, y le condenan a la pena de catorce años dos meses y dos días. Hubo suerte porque si lo hubiesen cogido dos años antes de nuevo le habría caído pena de muerte. Ahora con el Régimen bajo la presión internacional, las penas son más bajas, aunque por denunciar las brutales palizas a las que fue sometido, le condenan a catorce años, que pasa en los penales de Oviedo y Burgos.

Sale de la cárcel en libertad condicional el 15 de mayo de 1954. Sobrevive durante cuatro años con clases particulares, como agente comercial y realizando viajes constantes por toda la región lo que le permite llevar adelante el trabajo político clandestino.

El 25 de julio de 1955, se forma el primer Comité Provincial del PCE tras el abandono de la vía insurreccional. Las líneas que seguirán serán las que dimanen del V Congreso del PCE, celebrado en noviembre de 1954. En el mismo se adopta la nueva táctica de entrismo en todas las instituciones existentes y la política de Reconciliación Nacional. Horacio desarrolla una actividad medio clandestina desde 1956, está muy pendiente de la creación de las comisiones de trabajadores que se formaban espontáneamente al calor de reivindicaciones concretas, tal como había ocurrido en La Mina de la Camocha, en un trabajo sindical que desde 1958 se le empezó a denominar Oposición Sindical Obrera (OSO).

A raíz de la convocatoria de la Huelga Nacional Pacífica del 18 de junio de 1959, pasa a la clandestinidad total y huye a Francia utilizando documentación falsa. Viaja a la URSS, Alemania, Yugoslavia.

En Francia, en 1959, conoce a María Teresa Hoyos Parra, que estaba exiliada y también compartía sus mismos ideales. Se casaron dos años después, en diciembre de 1961, en Rumanía. Teresa lo acompañará siempre desde entonces, con ella formará una pareja unida hasta el mismo día de su fallecimiento.

En las Navidades de 1959, a propósito del VI Congreso del PCE celebrado en Praga, Horacio es elegido miembro del Comité Central en representación de Asturias. En este tiempo entra y sale de España regularmente. Cabe destacar que el día del entierro civil de su madre, Isabel Inguanzo, que tuvo lugar en Gijón en 1960, Horacio estaba presente en Asturias y sintió una pena enorme cuando le contaron el pésimo comportamiento de la Policía franquista, que destrozaba los ramos de flores dedicados a su madre según llegaban procedentes de muchos lugares.

En 1960 y 1961 la policía golpea las estructuras dirigentes del Partido y desarticula por dos veces consecutivas al Comité Provincial. El PCE, bajo los auspicios de Mario Huerta y Horacio, opta por supeditar su estrategia a la dinámica seguida por las reivindicaciones laborales, renuncia a la movilización a fecha fija, sustituye la OSO y apuesta por Comisiones Obreras.

En el Otoño de 1963, en la reunión del Pleno ampliado del Comité Central del PCE, Horacio, responsable de Asturias, abrirá el primer punto del orden del día referido a la situación política y tendrá que informar ampliamente de todo lo que se ha movido en la región asturiana.

La eclosión opositora de estos años culmina con la realización el 1 de febrero de 1967 de la primera huelga general convocada a fecha fija por iniciativa de una organización clandestina. La Comisión Provincial Minera, llama a los trabajadores en defensa de un sindicalismo democrático e independiente, por la amnistía laboral, el derecho de huelga, una vivienda digna, la mejora salarial y contra el desmantelamiento de las cuencas mineras. Se abrirá ahora una etapa marcada por la represión y el subsiguiente repliegue hacia formas más clandestinas de funcionamiento. Represión que alcanza también a Horacio, quien el 22 de mayo de 1969, es detenido en Mieres, a las 21.30, por policías al servicio del siniestro Claudio Ramos Tejedor. Lleva en el bolsillo dos llaves, un bloc con ideas transcritas ilegibles, 3.900 pesetas y dos chorizos. Procesado por dos causas por actividad clandestina en Asturias, ingresa en prisión el 25 de mayo de 1969 a disposición del Tribunal de Orden Público (TOP) que le pide 39 años de condena. Pasa por las prisiones de Oviedo, Segovia, Carabanchel, Hospital Penitenciario de Carabanchel... hasta el 10-11-1973, que es puesto, por enfermedad, en arresto domiciliario. Está así dos años y medio, hasta que, muerto Franco, Suárez decreta la amnistía general para todos los presos políticos el 30 de julio de 1976.

Sale en la primavera de 1976 para hacerse cargo de la Secretaría general del Partido en Asturias, a partir de la Segunda Conferencia Regional, celebrada en Sama de Langreo en marzo de 1977, en vísperas de la legalización.

En estos cuarenta años que van desde 1936 a 1976, al lado de Horacio, se han puesto a prueba la capacidad de sacrificio, la entrega militante, la fortaleza de ánimo y la claridad de ideas de todos los que jamás se declararon vencidos por el fascismo y pudieron y supieron enarbolar la bandera de la reconciliación y de la democracia. Gracias al esfuerzo colectivo de multitud de personas, que Horacio Fernández Inguanzo simboliza como ningún otro, y en las condiciones más adversas, el Partido Comunista resistió los embistes de la Dictadura y llegó a la nueva etapa democrática preparado para seguir luchando por conseguir nuevos avances en los terrenos social, económico y cultural.

En el tercer periodo de su vida, que abarca desde 1976 hasta el día de su muerte, en febrero de 1996, Horacio demuestra, con el Partido Comunista, que no sólo sabe organizarse y ser útil a los trabajadores en periodos de clandestinidad, sino que, ya en plena democracia, es posible combinar la lucha en las instituciones con la movilización continua de la sociedad. Participa intensamente en la campaña de junio de 1977 cuando se celebran en España las primeras elecciones democráticas. Compite luego en aquella tan peculiar campaña del 17 de mayo de 1978, para cubrir el puesto que en el Senado dejaba vacante el comunista Wenceslao Roces. En noviembre de 1978 forma parte el primer Consejo Regional presidido por el socialista Rafael Fernández. Como diputado electo al Parlamento de la nación (en las Elecciones del 1º de marzo de 1979 y en las siguientes, de octubre de 1982), demuestra con su práctica diaria cómo ha de comprometerse un cargo electo, inaugurando una manera de hacer política modélica, en contacto permanente con el latir ciudadano.

Por todo lo dicho, hacer honor a Horacio hoy aquí con la inauguración de esta calle a su nombre es a la vez hacer un homenaje a todos los hombres y a todas las mujeres de los que Langreo ha ofrecido generosamente a muchos en este siglo que ahora termina. Hombres y mujeres que han entregado, con su lucha sin descanso, al pensamiento y a la práctica del movimiento obrero y de la izquierda asturiana lo mejor de nuestra dignidad, coherencia, integridad y humanismo.

(La Felguera, 24 de junio de 1999. Benigno Delmiro Coto)

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