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Acababa
de efectuarse la elección del primer Senado democrático,a
la que concurrieron todas las fuerzas
progresistas en una candidatura unitaria en la que, en representación
del Partido Comunista de España, figuraba
Wenceslao Roces, un veterano exiliado en México, ya octogenario
y con una creciente sordera, que le fue
recomendado a la dirección comunista de la época por el
socialista Rafael Fernández. Poco tiempo después de haber
sido elegido senador, Roces dimitió del cargo, acuciado por su
enfermedad, el cansancio y cierta nostalgia su etapa
mexicana. La candidatura "Por un Senado Democrático",
que había resultado la más votada en los comicios del
15 de junio de 1977 se quedó coja y fue preciso recurrir a una
elección parcial para sustituir al parlamentario
cesado a petición propia.

Aquí
entra en juego Horacio Fernández Inguanzo ya que los comunistas
manifestaban, con razón, que el puesto en el Senado le correspondía,
por cuanto el dimitido había sido un candidato salido de sus propias
filas. En aquellos momentos, hay que recordar que todavía no había
sido aprobada la Constitución, la sustitución de un senador
se hacía mediante elecciones parciales, que fueron convocadas conjuntamente
en Asturias y Alicante para el 17 de mayo de 1978.
A
pesar de las peticiones del Partido Comunista para que se respetara la
representatividad de los comunistas y fuera apoyado por todos un candidato
de esa organización, el resto de las fuerzas de izquierda y derecha
se negaron y decidieron presentar su propio aspirante al puesto que había
dejado vacante Wenceslao Roces.
Durante
la campaña, Horacio volvió a los caminos de Asturias, pero
esta vez no iba huido de la Guardia Civil
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La
elección de Fernández Inguanzo como candidato de los
comunistas al Senado fue recibida muy positivamente por el conjunto
de la militancia y por gran parte de los ciudadanos asturianos,
que coincidían en calificar al veterano dirigente del PCE
como una personoa honrada, luchadora y que representaría
digna y lealmente los intereses de los trabajadores y del pueblo
asturiano.
Por esa razón la campaña electoral, desde principios
de mayo hasta el término de la misma, estuvo plagada de anécdotas
de ciudadanos que mostraban su total confianza en la figura de Harocio
y su respeto, independientemente de la ideología del que
lo profesaba, por una de las figuras carismáticas de la Transición
y un luchador infatigable por la democracia y los derechos de los
trabajadores.
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Horacio volvió a recorrer los caminos de Asturias en la campaña
electoral pero esta vez no iba fugado y perseguido por la Guardia Civil
como en los tiempos de la clandestinidad. No se tenía que esconder
para conversar con unos y otros, con un chorizo en el bolsillo como único
alimento. Ahora actuaba a plena luz, con miles de personas escuchando
sus promesas y compromisos y los únicos que iban detrás
de él eran los periodistas que constataban la creciente popularidad
del que fuera mito de la oposición antifranquista y ejemplo a seguir
por los jóvenes.
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La
campaña de Horacio Fernández Inguanzo iba ganando
adeptos y las predicciones de los especialistas auguraban al candidato
comunista un importante porcentaje de votación, que puso
nerviosos a los estados mayores de otros partidos.
Los
socialistas llevaban como candidato a Fernando Morán, un
diplomático avilesino que, posteriormente, sería el
primer ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de Felipe González,
y que tenía buena imagen entre la ciudadanía asturiana,
pero no el carisma de Horacio Fernández Inguanzo ni la veneración
de la mayoría de los habitantes de la región.
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Quizá por eso y temerosos de que el candidato comunista se llevara
el gato al agua, el PSOE puso toda la carne en el asador y dispuso de
sus principales figuras para contrarrestar el peso de la candidatura de
Horacio. Fue en esta campaña y en un mitin en Gijón (concretamente
en El Molinón) donde Felipe González pronunció su
tristemente célebre "las piedras no hablan", con el propósito
de desprestigiar la figura de Horacio, parafraseando una canción
dedicada a Inguanzo por Víctor Manuel.
El 17 de mayo amaneció
soleado en Asturias. Gran cantidad de colegios electorales habían
empezado a notar la afluencia de los votantes al poco de abrirse las urnas,
aunque al final de la jornada la abstención habría superado
el 50 por ciento. Los interventores que el PCE había repartido
por toda geografía asturiana estaban animados ante la posibilidad
de que la figura de Fernández Inguanzo lograra lo que la justicia
no había podido hacer: restituir el escaño que había
dejado Roces y que, en puridad, le correspondía al PCE.
Los
expertos auguraban al candidato comunista un porcentaje de votación
que puso nerviosos a otros partidos
Los
resultados electorales no pudieron lograr lo que sería justo: que
Fernández Inguanzo recuperara el escaño para el PCE, pero
pusieron de manifiesto el importante apoyo que la figura de Horacio había
alcanzado entre la población asturiana.
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Más
del 23 por ciento de los habitantes de esta región en edad
de votar habían puesto su voto en una opción y en
una persona que simbolizaba perfectamente el ideal de cambio y de
igualdad para todos. Horacio
consiguió más de 86.000 votos.
Menos
de mil le separaban del candidato de UCD, que había sido
el partido más votado un año antes, por encima de
Alianza Popular. La lectura sosegada de estos votos, muchos años
después de haberse producido y a escasas fechas de que se
produjera la gran y aplastante victoria socialista de 1982, permite
valorar la importancia de la candidatura de Fernández Inguanzo,
la gran aportación de votos que supuso para el PCE y, sobre
todo, la respuesta de muchas personas que contribuyeron con su sufragio
a denunciar la injusticia que supuso el hecho de que un candidato
comunista no pudiera suceder a otro que se retira por razones de
salud.
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Hay más lecturas,
evidentemente. Por ejemplo, que en Mieres Horacio fuera el candidato más
votado, con tres mil sufragios de diferencia sobre Fernando Morán,
o que en Langreo la diferencia a favor del socialista fue reducida, o
que en Gijón, la ciudad más poblada de Asturias, la lista
del PCE superara en más de 2.500 votos a la UCD, que también
quedó por debajo en Avilés.
Independientemente de los votos militantes que recibiría el PCE
con cualquier otro candidato y que en aquellos momentos serían
bastantes, puesto que los comunistas no habían sufrido sus crisis
más importantes (si bien las heridas de Perlora estaban presentes
en las mentes de muchos) lo cierto es que el resultado electoral sería
impensable si el aspirante no hubiera sido Horacio, si la figura honesta
y firme del veterano resistente antifranquista, que pagó con cárcel
y clandestinidad su fidelidad a unas ideas, no hubiera estado al frente
de las siglas que le llevaron a luchar toda su vida.
Todos coinciden, pues, en que la aportación de Horacio a la candidatura
para el Senado fue fundamental, si bien admiten que por muchos votos con
los que contribuyera era imposible que fueran suficientes para derrotar
a todo un aparato de propaganda y a un socialismo emergente que ya daba
muestras de lo que sería posteriormente bajo la dirección
de Felipe González.
Horacio
fue después diputado por Asturias en los momentos más difíciles
y en los que los comunistas llegaron a contar con sólo cuatro parlamentarios
en el Congreso, casi barridos del mapa por la euforia socialista de 1982,
y mantuvo la misma dignidad y firmeza en la defensa de los suyos desde
la tribuna del Parlamento, que había mantenido desde los resguardados
caminos de la Asturias más profunda o desde el corazón de
las cuevas en las que se escondía para seguir luchando por la libertad.
Horacio no había cambiado con la llegada de los nuevos aires y
eso lo había alzado aún más en el reconocimiento
y admiración de sus paisanos. Un reconocimiento ganado a pulso
día a día y que ni siquiera la muerte ha sido capaz de aminorar

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