A Horacio Fernández Inguanzo se le define como un "hombre bueno". No sé si en el sentido puramente
rousseauniano o como un "buen hombre" tal como se dice, en la cultura pequeño burguesa, de aquel que habiendo
sido un heterodoxo en el sistema, sin embargo ha dejado en él una huella imborrable por su comportamiento moral:
el respeto al otro, una actitud coherente con su formación ideológica pero, al mismo tiempo, respetuosamente activo
con la sociedad tradicional en la que intenta convivir.

Horacio fue la imagen del buen marxista. Ese fue su gran magisterio. Pero no todos lo entendieron.

Esa insistencia en considerar a Horacio como un personaje cualitativamente "bueno" no responde a un juicio erróneo, sino que es el reconocimiento de una parte de su personalidad pública. (Conviene insistir en la condición de hombre público que le corresponde a este cualificado dirigente del PCE, por más que él mismo se negase siempre a ser calificado como un personaje de la vida pública española, al considerarse como un modesto militante de una formación política que tiene, desde hace muchos años, una relevante presencia).

A mí me parece que esa generalizada costumbre que insiste en considerar a Horacio Fernández Inguanzo como un hombre fundamentalmente bueno se debe a la necesidad que se planteó, en una sociedad española radicalmente "antimarxista" tras medio siglo de adoctrinamiento en tal sentido, cuando había que mostrarle a la opinión pública el lado humano de uno de sus dirigentes.
Es posible que uno mismo haya caído en ese error también, pero cabe la posibilidad de recuperar, todavía, la otra cara de uno de estos grandes hombres explicados sólo a la mitad.

En su casa de Gijón, durante una entrevista periodística.

Horacio fue, esencialmente, un hombre político. Es decir, un personaje que se dedicó a la actividad política. Esto obliga a entenderlo como un individuo preparado ideológicamente: conocedor de las ideas fundamentales de su opción política. A partir de ahí, es como debe identificarse a Horacio Fernández Inguanzo, de cuya condición humana su bondad es una de las virtudes personales de este singular político asturiano. No entenderíamos cabalmente a Horacio si limitáramos su conocimiento al de su aspecto humano, manifestado en su relación con los demás a partir del gesto bondadoso que siempre le acompañaba.

De este dirigente comunista asturiano se sabe poco, precisamente porque él se empeñó en no divulgar su propia historia. Pero se sabe que fue un político curtido en los años, muchos, de su actividad como militante de primera línea del PCE y, luego, algunos sabemos lo que el trato cotidiano con él nos permitía adivinar o, también, comprobar: que estábamos ante un hombre sólidamente formado en su ideología. Pensar que la actitud activa de Horacio frente al régimen que perseguía a quienes pensaban como él con una dureza extremada se debió sólo a un deseo de mostrar un testimonio personal, conduce a una explicación incompleta de este personaje singular.

Horacio formó parte de un grupo de militantes del PCE que se distinguían precisamente por su profundo conocimiento de la "filosofía" política del partido en el que militaban. Probablemente, una prueba de esa capacidad política para el análisis y la acción que tenía nuestro hombre sea aquella que cuenta cómo Horacio Fernández Inguanzo es el encargado, por el Comité Central, de redactar un informe sobre la situación política de la España franquista en el año 1963. Por aquel entonces el Partido Comunista se debatía entre la ortodoxia militante que defendía Santiago Carrillo y las dudas (¿intelectuales?) de Jorge Semprún y Fernando Claudín.

Yo conocí al Horacio "santificado" por la pequeña burguesía de la transición política y al Horacio formado ideológicamente en el marxismo. Entre uno y otro no hay nada que pueda separarlos: la condición humana que alaba su bondad es una consecuencia de su profundo conocimiento de la doctrina de su idea política. No le descubrí nunca -al menos, durante casi 25 años de amistad intensa- un sólo gesto que pudiera disociarse de su convencimiento ideológico. Así que cuando se pone el énfasis en la cualidad bondadosa de su conducta personal, no hay que olvidar que esa conducta estaba marcada por unas ideas profundamente sentidas y dignamente defendidas.

Horacio fue la imagen del buen marxista. Algo que no deberíamos olvidar nunca. Ese fue su gran magisterio. Pero no todos lo entendieron

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